Y los ángeles ríen, dichosos;
los agrada jugar en la escarcha.
Se nombran según las estrellas sobre sus cabezas,
mientras envidian el semblante del árbol.
Se violentan, y Gabriel les reprende:
Más les vale pedirse perdón,
y con los dedos cruzados se dan la mano.
Sonríen, cómplices, mientras el otro va a peinarse sus alas.
- Qué se cree el Gabriel.
- Si tan pacíficos cómo vamos a ser.
Urdieron un plan, pasito a pasito
sobre los lunares del sol.
- Échese crema, señor, que le va a dar cáncer.
- Ya salió el maraco preocupándose por weás.
Y de los anillos del comprometido Saturno
robaron el discurso maltrecho de la arena.
Tres cucharaditas en la sopa de Gabriel.
A ver qué pasa.
¡Zas!
- ¡Puta que me pegó fuerte!
¡Zas!
- No digai garabatos, gil…
¡Zas!
- A vo' nomá se te ocurre ponerle arena a la sopa.
Y, cucharón en mano, Gabriel los ahuyentó,
ahí, al rincón más oscuro del huerto.
- ¡No me hagan acusarlos al papá,
que su cucharón es harto más pesao'!
